Mientras se aclara el camino

LÉRIDA, LA EDUCACIÓN DE LA JUVENTUD

María Félix, Margarita Vázquez y Carmen Aige

Ya ha acabado la carrera y tiene su título de licenciada, que desea poner al servicio de Dios.

Coincide el comienzo de esta época con un cambio en la situación política de España. A finales de 1929, la prosperidad de los “felices años 20” se venía abajo. La caída de la dictadura de Primo de Rivera, en enero de 1930, da paso a la Segunda República. Vuelven el terrorismo y las huelgas generales, y el Gobierno y las Cortes dictan medidas anticlericales: enseñanza laica, retirada de los crucifijos de las escuelas…

 

María temblaba de indignación ante los atropellos que se llevaron a cabo en esta época de verdadera persecución religiosa. La quema de iglesias y conventos, y la expulsión de los Jesuitas, la hirieron vivamente. A través de los acontecimientos y del encuentro con las personas adecuadas, Dios la va a ir preparando para llevar cabo su obra.

 

Con gran contento de sus padres, decide aceptar la plaza que le ofrecen en Lérida como auxiliar de su antiguo profesor de Física y Química en el Instituto de Segunda Enseñanza de la ciudad.

 

Durante este tiempo pudo comprobar la tremenda influencia que tenía la escuela en la educación de los niños. Con gran preocupación veía cómo los jóvenes estaban siendo educados totalmente al margen de Dios, adoctrinados sin que muchas veces se dieran cuenta de ello.

 

La respuesta de María será rotunda. Primero, con su ejemplo. (En una ocasión, la madre de uno de sus alumnos, al verla, no pudo evitar exclamar: “¡Esto es una profesora!” ). Luego, de forma todavía más visible, con la apertura de un pequeño colegio.

 

Cuando empezaron a escucharse los primeros rumores de que la República iba a prohibir la enseñanza en los centros dirigidos por religiosos, enseguida se dio cuenta de la necesidad de mantener al menos algún reducto donde se salvaguardase la enseñanza de la doctrina cristiana. Por eso, después de consultar a su director espiritual, el P. Juan Serrat, S.J., decide “abrir una Academia para niñas mayores”.

 

Fue una etapa difícil, en aquellos años de apuros económicos. Quizá por eso brilla con más fuerza su confianza en la divina Providencia. Ante la falta de recursos materiales, María responde con un abandono total, como podemos observar en la siguiente anécdota, tomada de su diario:

 

“Recién instalada la Academia, antes de empezar las clases, llegó al cobro una factura de electricista o lampista cuyo importe era de cincuenta pesetas. Un verdadero capital para mí, que hacía mucho tiempo que no tenía un solo céntimo. Pero entonces no había visto nunca devolver una factura sin abonar su importe, y ni se me pasó por la mente rogar que aplazase el cobro. Cogí la factura y dije al operario que esperase un momento, y con ella me fui a arrodillar ante un Cristo que presidía la sala de visitas y le dije al Señor: ––Pagadla Vos, que yo no puedo… Y al momento volvieron a llamar a la puerta. Era la muchacha de una señora que había venido a inscribir a su hija. En un sobre me traía el importe de una mensualidad. Exactamente cincuenta pesetas. Las di al operario y me fui a besar al Cristo”.

PRIMER SENTIMIENTO INTERNO DE “NUESTRA VOCACION”

San Ignacio de Loyola Fundador de la Compañía de Jesús

Es en esta época cuando Dios da a sentir a María lo que ella llamó primera moción de “nuestra vocación”.

 

Era el 31 de julio de 1932, fiesta de San Ignacio de Loyola. Asistía a un retiro que dirigía el P. Serrat en la Capilla del Colegio de la Sagrada Familia. El sacerdote habló de San Ignacio, de su obra y de la Providencia de Dios, al suscitar la fundación de la Compañía de Jesús precisamente en los tiempos en que la Iglesia más la necesitaba. Ella, como siempre que oía hablar de San Ignacio y de los jesuitas, sentía un fervor extraordinario. Al acabar la plática se quedó un rato en la capilla, junto al sagrario, con ánimo de salir después para reunirse con sus amigas. Estando allí, según sus notas íntimas:

 

“Me sentí como transportada, como abismada en la divina presencia: como si hubiese sido trasladada de este mundo a otro. Sentía a Dios y me sentía inundada de luz y de gozo. Y entonces quedó impreso en mi alma esto: que las Reglas y Constituciones de San Ignacio también yo las viviría al modo de la Compañía de Jesús, y que serían muchas las jóvenes que abrazarían ese modo de vida. El Señor me lo aseguraba, me lo prometía y transfundía en mí una certeza plena de eso, mayor que la que resulta de la evidencia.

 

“Salí de la capilla con gran paz, con gran quietud. Y lo que más me maravilla es que no m sentía maravillada. Me parecía la cosa más natural del mundo, lo más evidente, lo más fácil, una Compañía de Jesús para mujeres. Como si toda la vida hubiese pensado lo mismo, como si fuese una convicción universal.

 

No vi nada, ni oí nada con los sentidos corporales. Era una verdad que pasaba a mi alma sin entrar por las puertas de los sentidos y que se apoderaba de ella subordinando con imperio pleno, sin lucha ni repugnancia, todas sus potencias..”

 

Pero, aunque desde entonces tuvo la seguridad de que realizaría su vocación plenamente ignaciana, de ahí a la fundación de una nueva Congregación iba un abismo.

 

Es verdad que un grupito de jóvenes se iba uniendo a ella, pero su idea no era la de fundar una nueva Congregación Religiosa; en realidad, María pensaba en encontrar un Instituto lo más parecido posible a la Compañía de Jesús.

 

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