Nacimiento e Infancia

D. Ramón y D.ª Florentina-padres de María Félix Torres

María Félix nació apenas iniciado el siglo XX, cuando todavía no se había agotado la ilusión y la esperanza en las posibilidades del hombre. Europa vivía una verdadera“aceleración de la historia” y las transformaciones sociales se iban llevando a cabo a un ritmo vertiginoso.

Don Ramón Félix Surigué, su padre, era un hombre adelantado a su tiempo. Trabajaba como ingeniero civil cuando conoció a la que sería su mujer, Florentina Torres Fumás, hija pequeña de una de las familias acomodadas de la villa de Albelda, Huesca. Educada en el amor a los valores tradicionales, a pesar de su juventud era muy consciente de la importancia del papel que le correspondía en su hogar como madre de familia.

María Félix sintió siempre una verdadera veneración por su padre. El hecho de ser la única niña no fue obstáculo para que recibiera una esmerada educación, algo poco común en la época. Don Ramón pensó siempre que la mejor herencia que podía dejar a sus hijos era una sólida formación, humana y académica, y no descuidó este aspecto en su única hija.

Pero, dentro de esa sencillez y normalidad en su vida, María Félix destacaba. Destacaba por su inteligencia: en pocos años, la maestra del pueblo descubrirá que no tiene mucho más que enseñar a esta niña despierta que lee todo lo que se pone a su alcance. Un Catedrático de Matemáticas, amigo de don Ramón, le recomendó que enviara a su hija a Lérida para que estudiara allí el Bachillerato. Destacaba, qué duda cabe, por la influencia que ejercía sobre sus compañeros de juego, a quienes dirigía a pesar de ser la más pequeña en edad. Y destacaba también, aunque era algo menos visible, por una fina sensibilidad para las cosas de Dios.

Primera Comunión

El mejor ejemplo lo encontramos en el día de su Primera Comunión. Con mucha sencillez, en un lenguaje que los niños podían entender, el sacerdote les dijo que sería una pena que todo el día estuviesen contemplando lo bien que les quedaba el vestido, mientras se olvidaban de Jesús, a quien iban a recibir por primera vez.

Esto se le quedó grabado a María. Por eso, siempre que iba a la modista con su madre para probarse el traje, cerraba fuertemente los ojos para no ver nada, mientras se repetía a sí misma: No hay que ser vanidosa… Sin embargo, en una ocasión, la curiosidad fue mayor que sus fuerzas y abrió los ojos. Pocos minutos después, María corría al confesonario para pedir perdón a Dios nuestro Señor.

 

Siguiente capítulo