Preparación apostólica

1939-1940

 

Tarjeta de Identidad Ferrocarril de Madrid a Zaragoza (1939-1940)

 

La situación política en España estaba algo más calmada. Vieron que la Academia no respondía a una necesidad de apostolado en Lérida, porque los colegios de religiosas podían continuar abiertos.

 

¿Qué quería el Señor de ellas?

 

“Nos quería suyas; nos quería ignacianas. De esto no teníamos duda alguna, ni la teníamos tampoco de que quería que nos formásemos bien para poder trabajar en aquellos ambientes y entre aquellas personas cuya actuación pudiese influir más en pro o en contra de la Iglesia Católica”.

 

Movidas por esta necesidad de una mejor preparación académica para el apostolado, se trasladaron a Madrid en 1934 y se matricularon en la Universidad Central: Carmen para estudiar Filosofía y Letras, y María para hacer el doctorado.

 

Se confesaban con el P. Enrique Herrera Oria, S. J., y formaron parte de la Congregación Mariana de las Esclavas.

 

Allí permanecieron apenas dos cursos. En julio de 1936, precisamente la víspera del Alzamiento Nacional, María se reúne con su familia en Barcelona; por consejo de su director espiritual, Carmen había marchado a Lérida pocos días antes.

 

La Guerra Civil (1936-1939) es un paréntesis obligado en su vida.

 

Durante la contienda, María participó activamente en la ayuda a sacerdotes perseguidos por causa de la fe. Con riesgo de su vida, distribuía la comunión aaquellas personas que lo solicitaban, y dio clases en la Academia Lauria, donde los jesuitas tenían su centro de operaciones.

 

En medio de aquellos años de profanaciones de iglesias y conventos, se iba forjando en su alma un amor grande a la Eucaristía. En su diario aparece una anécdota que nos ayuda a comprender los sentimientos de María en aquellos momentos difíciles:

 

“Un día sonaron las sirenas de alarma. Iba yo por la calle y estaba cerca de casa. Las bombas que lanzaba la aviación nacional caían cerca. Mi familia, asustada, corría hacia el refugio próximo. Me arrastraron con ellos. Pero yo, en cuanto pude, me escabullí del refugio y corría hacia casa a buscar la Reserva del Santísimo Sacramento que guardaba en un joyero. Entre el espantoso trepidar de las bombas, iba corriendo por la calle sola y angustiada; pero cuando volví al refugio con el Santísimo Sacramento oculto sobre mi pecho, andaba por la misma calle abandonada, entre los mismos estampidos ensordecedores, con una reverencia y con un gozo infinito. No es que pensase que Él me libraría de la muerte, ni tan siquiera era el sentimiento de que con Él no me asustaba la muerte. Mi gozo era salvar a mi Señor Sacramentado del fuego, de los escombros, de las irreverencias”.

 

Siguiente capítulo