La Madre tenía una inteligencia privilegiada, pero, sobre todo, un gran corazón.

Quienes la trataron nos cuentan su profundo amor a Dios, que trasmitía en su amor a cada persona. Todos ellos guardan un hermoso recuerdo: “Me quería de forma especial.”

Aquí ofrecemos algunas anécdotas de su vida, que nos dan su perfil humano y espiritual.

Un detalle que me encantaba era ver su profundo amor y agradecimiento a la Eucaristía. Tener Sagrario en casa constituía para ella el mayor gozo y consuelo. Un día, en su despacho, me comentó, divertida: “Hay una palabra que utilizáis los jóvenes ahora que me “encanta mucho”: gozada… Sí, es una gozada”. Siempre que pasaba por la puerta de la capilla saludaba al Señor. Y recuerdo que, cuando la acompañaba en el ascensor, me hacía parar en la planta baja para mirar el Sagrario unos segundos a través de la puerta de cristal, aunque esta estuviese cerrada. Verdaderamente, como dicen nuestras Constituciones, la Eucaristía era “el centro de su vida y de su amor”.

M. Cristina Parejo, CS

He tenido el privilegio de tratar espiritualmente a la Madre Félix en su madurez durante muchos años. Y siempre tuve la impresión de encontrarme ante una persona de categoría superior, una mujer extraordinaria en su mente, en su grandeza de corazón, en su visión de las cosas, en su elevación de espíritu, en su amor a Jesucristo y a San Ignacio, en su entrega sin límites, en su fidelidad a un carisma que le trajo muchos rompecabezas y problemas, pero al que se mantuvo fiel toda su vida, a través de muchos sufrimientos y también de muchas alegrías que el Señor le concedió.

Siendo una mujer excepcional, por encima de todas sus cualidades humanas conservo en mi memoria la imagen de una persona entregada a Dios: de una mujer de Dios. Eran notables su sencillez de espíritu, su bondad y su intimidad con el Señor, que le hacía muchas veces prorrumpir en lágrimas que se deslizaban por su rostro al hablar del amor de Dios. El amor de Dios era su tema predilecto; al amor y a la gloria de Dios se entregó desde su juventud con toda su alma.

P. Luis M.ª Mendizábal Ostolaza, SJ

Al irla a buscar para bajar a Misa llevaba el delantal puesto y se dio cuenta, me miró y se lo empezó a quitar diciéndome: Me lo quito porque es mi Dios, pero me lo podría dejar porque es mi Padre.

M. Isabel Moreno de Barreda, CS

Recuerdo que, no mucho tiempo después de entrar, le pregunté a la Madre si no se cansaba uno en la rutina de hacer siempre las mismas cosas, pues veía que había religiosas que realizaban el mismo trabajo durante muchos años. Me impresionó su respuesta: ¡Bendita sea la rutina, que nos hace encontrar la novedad en Cristo!

M. Pilar Lorente, CS

Un día de Pentecostés, cuando yo era sacristana, preguntamos a la Superiora qué mantel poníamos para la Misa y esta se inclinaba por el mejor, de los de segunda. La M. Félix, que estaba junto a ella, a punto de subir el ascensor, le dijo, sólo rogando suavemente, que por qué no se ponía el de primera. La Madre dudaba y la Madre Félix se puso a llorar diciendo ¡Madre, va a venir Nuestro Señor y no le vamos a recibir con lo mejor! Evidentemente, se puso el mantel de primera y casi nos ponemos a llorar todas de emoción al verla. Durante el tiempo que fui sacristana he de reconocer que temía a la Madre, porque a veces tenía puesta la capilla en alguna fiesta, ella entraba… y era probabilísimo que quisiera que se pusiera algo más digno o mejor para honrar al Señor. Y, con esos argumentos, ¡cómo no cambiarlo todo!

M. Ana de Aizpúrua, CS

Una característica que me llamaba la atención de la M. Félix es que siempre animaba. Yo creo que es lo característico de la mirada de la misericordia: que nunca te sientes juzgado, ni corregido; no notas nunca desagrado… Pues así era la M. Félix. De una manera particular con las chicas, con las jóvenes: siempre hablaba animando, lo que es característico del Espíritu Santo. Nunca nada que manifestara corrección o desagrado o juicio interior sobre ella. Lo que hacía era destacar la virtud contraria al defecto que quería corregir; ella educaba animando, y corregía animando, y enseñaba animando. Yo, cuando ocurrían cosas de este tipo, siempre pensaba que el Espíritu Santo es Consolador, y me ayudó mucho a entender al Espíritu Santo como Animador, Consolador.

D. Antonio Cano de Santayana Ortega, pbro

Recuerdo que bastantes veces, de las que íbamos por el Rosalar, la Madre María Félix salía a saludarnos y a pasar un rato hablando con nosotros. De todos estos ratos conservo en la memoria varias cosas:

1º Nunca tenía prisa por acabar la conversación, aunque sonara la campana, continuaba como si lo que estaba haciendo fuera lo más importante que tenía que hacer en aquel momento.

2º Siempre nos escuchaba y atendía como si fuéramos las personas más importantes del mundo y las que más y mejor información le pudiéramos dar del tema del que se hablara, poniendo siempre toda su atención y sin interrumpirnos nunca.

3º Cuando llegaba el momento de irnos no había forma de despedirse de ella dentro del Rosalar, por mucho que se le pidiera, siempre insistía en acompañarnos a la puerta, y por mucho frío que hiciera, y sin más ropa de la que tenía dentro de casa, salía fuera y esperaba hasta que arrancábamos el coche y empezamos a separarnos del Rosalar. Lo cual a mí personalmente me violentaba mucho, pues pensaba que se iba a enfriar.

4º Como se deduce de los puntos anteriores era una persona de un trato y una delicadeza exquisita, nada normal en la actualidad.

D. Fernando Vez Sixte, padre de una religiosa

A veces las cosas relacionadas con los servicios y los proveedores en general, no nos salían con la premura y de la manera que todos deseábamos. Madre Félix, que tenía siempre conocimiento de lo que concurría, en los 11 años que le conocí, nunca se mostró contrariada por nada, restaba importancia a todo, porque decía que eso no era lo significativo, que tenía solución, que al día siguiente o al otro se arreglaría, y siempre, siempre, siempre… me repetía la misma frase, posiblemente la frase que más le oí decir: “no sufra usted”.

D. Pedro Mesa, Ingeniero Técnico Industrial, responsable del mantenimiento de las instalaciones del Rosalar.

Lo llevo en mi breviario. Se trata de una fotografía de la imagen del Corazón de Jesús en mosaico que adorna la entrada de la Casa Madre de las Religiosas de la Compañía del Salvador en el Rosalar (Madrid). Era el 9 de septiembre de 1989, dos meses justos después de mi ordenación sacerdotal y la Madre Félix me hizo este sencillo obsequio. Yo, imaginando lo que significaría en el futuro tener algo “personal” de esta santa mujer, le pedí que me lo firmara. Ella no escribió su nombre sino que sustituyó su rúbrica con lo que intuyo fue un lema de toda su vida. Estampó: “Sea santo”. Ésa fue su firma. Lo conservo como una auténtica reliquia; su mensaje no es ya sólo un consejo espiritual de alguien que te conoce, te quiere y desea lo mejor para ti sino que se ha convertido para mí en el testamento espiritual que Madre Félix nos dejó a muchos. Cuando recibí la noticia de su muerte, abrí mi breviario y allí “estaba” ella. “Sea santo”, leí de nuevo, y la tristeza de la noticia se convirtió en fuente de alegría interior al recordar lo que fue la vida de esta humilde religiosa… una invitación constante a la santidad. Y comencé a rezar… Curiosamente, y digo curiosamente porque yo mismo estaba sorprendido de ello, comencé instintivamente a rezarle a ella. Desde entonces le he pedido a Dios Padre muchas cosas por medio de ella y lo sigo haciendo en medio de los quehaceres diarios de mi vida sacerdotal. Y siento que su intercesión es poderosa y eficaz… pero también discreta, sin estridencias, sin hacerse notar… como fue su vida aquí en la tierra.

D. José Miguel González Martín, pbro.

 Conocí a la Madre Félix en el año 1949 cuando, con la edad de 10 años, ingresé en el recién inaugurado Colegio Mater Salvatoris de Lérida. El trato con ella, aunque discontinuo, perduró hasta su muerte. La recuerdo como una persona sumamente inteligente, serena y equilibrada, así como intensamente bondadosa. El trato que pude disfrutar con ella me ayudó en mi vida personal; el simple hecho de visitarla me llenaba de júbilo y me esperanzaba. Me parecía sumamente comprensivo por su parte el hecho de que siempre aludiera al mérito de los seglares de seguir adelante, de mantener una familia, de ser honestos. Siempre me llamó la atención su serenidad y alegría ante la vida. Al preguntarle en ocasiones cómo era posible tal optimismo, me contestaba que la vida de una religiosa era muy sencilla, más que la vida seglar, que la oración la reconfortaba y que dejaba en manos de Dios asuntos que luego se iban resolviendo. Daba una vital importancia a la oración.

Dña. Beatriz Camino Germá, antigua alumna del Colegio de Lérida

La generosidad de la Madre y el poco apego hacia las cosas materiales siempre me agradaron de ella. Recuerdo que una vez asaltaron la casa de mis padres y tuvimos que quedarnos en el colegio hasta muy tarde. Las madres nos prepararon merienda y cena. Yo estaba muy preocupada porque era la mayor y no sabía dónde dormiríamos mis tres hermanos y yo. Finalmente, a las nueve y media de la noche mis padres fueron a buscarnos. Poco tiempo después de esto llegó la Madre al colegio y yo le conté lo que nos había pasado. Ella ese día me dijo que si alguna vez tenía que dormir en el colegio podía quedarme en su casa, porque su casa también era mi casa. Después de darle un gran abrazo y saber que algo suyo era también mío, le pedí que se lo dijera a las demás monjitas del colegio porque ellas nunca nos dejaban subir a esa zona. Yo sólo tenía 9 ó 10 años y ese día comprendí cuan importante para ella eran los demás y que las cosas materiales no son de quien las tiene sino de quien las necesita.

Marianina Alfonso, antigua alumna y profesora del Colegio de Caracas

Su afán de apostolado nos lo transmitía constantemente y siempre aprovechaba el momento presente para hacer el bien. En Cirajas (Valladolid) había una pequeña colonia de trabajadores que se encargaban de las tierras de los jesuitas. Allí nos mandó a dos Novicias a dar Catecismo y de paso enseñarles algo de corte y confección y puericultura a las mujeres. Lo importante era ayudarles y atenderles si algo necesitaban y sobre todo que alguien les hablara de Dios. Creo que fue en toda esa época en la que ella nos hizo entender lo importante que es lo que tenemos cerca y que nuestro apostolado está donde Dios nos ha colocado, haciendo lo que sea.

M. Concepción Sagüillo,CS

Se alegraba profundamente al conocer el fruto de los apostolados de la Compañía. Muchas veces se le llenaban los ojos de lágrimas: “es que a los viejos ya sólo nos queda corazón…” Le hacían sufrir lo indecible las ofensas que sufría Dios nuestro Señor. Creo que uno de sus mayores sufrimientos en los últimos años era ver que la juventud se alejaba de Dios para lanzarse inconsciente a una vida de pecado. Muchas veces hablé con ella de este punto, y me comentaba que lo propio de una hija de la Compañía era preocuparse de lo que vivía el Corazón del Salvador: ansias redentoras… Esto lo transmitía hasta en las bromas.

Conocida es aquella vez que, al saber que muchas niñas del Colegio empezaban a perderse en una vida de impureza por culpa de las salidas nocturnas en malos ambientes, insinuó, entre bromas y veras, que deberíamos abrir una discoteca para que los jóvenes pudieran divertirse sanamente, “porque la juventud necesita divertirse”. Cuando, muertas de risa, le intentábamos hacer ver que su idea era un poco estrambótica, ella, repentinamente, se puso seria, y con lágrimas en los ojos nos dijo: “Yo lo que quiero es salvarlos a todos, y si para eso hace falta abrir discotecas, pues las abrimos…”

M. Cristina Parejo, CS

 Cuando íbamos de convivencias con las niñas del Colegio siempre pasábamos por su despacho para despedirnos y oír sus consejos. Nos preguntaba cuántas niñas iban, de qué edades, cómo eran…, y luego nos decía que iba a rezar para que fuésemos transparencia de Dios, para que las niñas vieran en nosotras a Jesucristo y para que tuviésemos mucha paciencia con ellas, porque ¡son niñas! Cuando volvíamos, también le gustaba que fuéramos a contarle qué tal nos había ido y disfrutaba mucho oyendo cómo las niñas habían conocido a Dios.

M. Marta Tiagonce, CS

 En varias ocasiones hablé con ella de chicas que tenían signos de vocación, o que estaban ya encaminadas hacia la vocación de especial consagración al Señor. Nunca manifestaba como interés prioritario el que entraran en la Compañía del Salvador, sino el bien de las chicas, el ayudarlas a conocer y amar a Jesucristo. Por tanto, no era una mirada interesada, sino una mirada de apóstol. Y esto siempre. Estas cosas de las que he hablado no es que en una ocasión ella se manifestara de esta manera, sino que siempre era así, de una forma natural, como hábitos adquiridos. Se notaba que lo vivía de una forma espontánea y sin tenerse que forzar. Nunca noté en ella nada forzado; todo era natural, adquirido, una vida entera que la llevaba a ser así.

D. Antonio Cano de Santayana Ortega, pbro.

Siempre vi en la Madre una persona muy inteligente, serena, transparente, comunicativa, educada, con una espiritualidad que se advertía muy profunda, pero sumamente sencilla. Al hablar de la Compañía del Salvador, sobre sus relaciones, sus proyectos, sus dificultades, etc. lo hacía con una objetividad absoluta, como si se tratara de una obra que no le tocaba a ella directamente. Al hablar de sus proyectos futuros, especialmente de colegios, manifestaba una absoluta confianza, se diría seguridad, de que los medios –que no existían al presente– no habían de faltar al momento preciso. Y hablaba de ese aspecto sin ningún alarde providencialista, sino como la cosa más natural del mundo. Su modo de hablar solía expresar esta idea: Si es obra de Dios, Él dará los medios para realizarla.

Card. Urbano Navarrete Cortés, SJ

En 1957 se fundó el Colegio Mater Salvatoris de Caracas (Venezuela), la primera institución de la Compañía del Salvador en tierras americanas. La M. Félix, como superiora General, alentó y acompañó con su presencia los primeros pasos del Colegio.

En cuanto vinieron las del barco empezamos a preparar el curso. M. Aige y yo fuimos repartiendo propaganda por los chalets de la urbanización. El nombre del Colegio era: “Children School Mater Salvatoris”. Empezaron las primeras visitas. La Madre, con la simpatía que la caracterizaba, hablaba de todo hasta que la señora preguntaba por el precio; inmediatamente la Madre decía: “Mire, como es de las primeras inscripciones, la niña será una invitada de honor”. Las que oíamos cómo convencía a la señora para que aceptara el ofrecimiento, nos quedábamos sorprendidas y M. Aige con su sentido práctico le decía a la Madre: “¿Pero cómo vamos a vivir si no pagan las alumnas?” y la Madre, como una niña traviesa contestaba: “Ya verás cómo vendrán muchos alumnos”… Y risas y nada de agobios. M. Aige se resignaba y confiaba en que la Madre fuera profeta, como así fue.  Acabamos ese primer curso con 25 alumnos y tuvimos que buscar una nueva casa, algo más grande. Acabamos con más de cien alumnos y así fueron aumentando hasta que nos fuimos a la Quinta Gladys que fue la pionera de nuevas quintas: Sacromonte, Lola, Bellita… que alrededor de ella formaron como una pequeña colonia, con el jardín de la Gladys en el centro.

M. Concepción Sagüillo, CS

La Madre confiaba en Dios también en lo espiritual. Sabía poner comparaciones hablando de la vida espiritual y lo hacía mucho. Hablando sobre un defecto, ella decía que era como estar cojo y que, claro, a nadie le gusta estar cojo, pero no tenemos que querer ser unos santos preciosos y perfectos sin defectos, hemos de aceptar que somos cojos. Y, al ser cojos, eso hace que de vez en cuando nos caigamos. Entonces, la solución es una buena muleta en la que nos apoyamos para no caer. Esta muleta es Jesús. Siempre hemos de estar apoyados en Jesucristo.

M. Pilar Lorente, CS

A pesar de tener grandes disposiciones para dirigir la Compañía y saber que muchas estaban dispuestas a postularla en el Capítulo General de 1971, en el que lo tenía todo a su favor, por ser la Fundadora, hizo todo lo posible que no la presentaran como candidata. Después de la elección y hasta el año de su fallecimiento, treinta años más tarde, se destacó por la obediencia y deferencia hacia las dos Superioras Generales que la sucedieron una de ellas antigua alumna del Colegio de Madrid, a la que conoció cuando esta tenía diez años. Siempre evitó toda notoriedad y cuando la presentaban como Fundadora de la Compañía solía decir: “Yo soy como el cartero que entrega una carta, y ¿qué importancia tiene el cartero?

M. María Cruz Vaquero, CS

Siempre me impresionó en ella la humildad, que no tenía nada de encogimiento. Por primera vez tuve la oportunidad de convivir con una persona llena de cualidades humanas y que, sin embargo, era muy consciente de su propia miseria delante de Dios. Muchas veces contó la anécdota del libro de Beaudenom, Formación en la humildad: cómo se lo recomendó su director espiritual, y cuando fue a devolvérselo, diciéndole que le había gustado mucho, aquel sacerdote le mandó que lo empezara a leer de nuevo, porque no se había enterado de nada: no se trataba de leer, sino de vivir… Una vez le pregunté a la Madre si, con sus 93 años, había aprendido ya lo que era la humildad. “Sólo un poquito –me contestó, con una sonrisa–.  Pero sigo leyendo de vez en cuando ese librito, a ver si aprendo un poco… Creo que por eso he llegado a los ochenta años, porque tardo mucho en aprender”. Yo, entonces, me reí: “¡Madre, pero si ya tiene noventa!” “¿Tantos? Figúrate, hijita, soy más torpe de lo que pensaba…”

M. Cristina Parejo, CS

 El 7 de marzo de 1995 recibí una carta del Director del Dizionario degli Instituti di Perfezione, publicado por Edizioni Paoline (Roma, 1985). Enviaba una breve noticia de la fundadora de la Compañía del Salvador, para una nueva edición de la obra, con el fin de que devolviéramos la prueba debidamente corregida y actualizada. Cuando enseñé la carta a la M. Félix, manifestó visiblemente su disgusto; era su reacción habitual, cada vez que a alguien se le ocurría mencionar su papel como fundadora. Al poco tiempo, me trajo una respuesta escrita por ella misma. Yo la firmé, únicamente para no contrariarla: “No se puede publicar nada sobre esta fundadora porque vive todavía y no vemos con gusto que se hable de ella”. Como era de esperar, y con gran alegría por nuestra parte, en Roma no hicieron caso alguno de sus objeciones.

M. Amelia Lora-Tamayo, CS

 La impresión que me causaron el Rosalar y la Compañía del Salvador fue extraordinaria. Allí se respira un ambiente de fe, de ilusión, de oración, de ardor apostólico, de amor a la Iglesia… que me parecieron inauditos. El agradecimiento y la estima que tengo a la Madre Félix comenzaron con aquel primer encuentro. ¿A quién le debe la Iglesia todo esto?, me preguntaba. Una de las religiosas me explicó la trayectoria de la Madre Félix, su veneración por San Ignacio y sus deseos de imitación. La imaginé entonces una mujer excepcional, de actividad frenética y liderazgo humano, una “conquistadora” de voluntades, al estilo de Juana de Arco… pero la Madre Félix que conocí después distaba mucho de ser todo eso.Las veces que visité el Rosalar, la Madre Félix salía a nuestro encuentro para saludarnos con una humildad admirable. Tomaba la mano de los sacerdotes, y con un respeto lleno de veneración mostraba interés por las ocupaciones apostólicas de estos sacerdotes, sin detenerse a contar sus propias ocupaciones y preocupaciones. Este primer aspecto de su personalidad me llamó poderosamente la atención: era una religiosa a la que el Señor había hecho pequeña y humilde. Era delicadísima en el trato y sumamente discreta: no llegaba la primera, ni tampoco necesariamente la última, aparecía por un pasillo, saludaba con modestia y afecto cordial, no se prodigaba en largas despedidas, y tenía siempre una sonrisa para todos.

D. Manuel Vargas, Cano de Santayana, pbro.

¿Alguna “debilidad”? Su amor al Papa. Recuerdo como si fuera ahora mismo su última visita a Roma y el momento en el que recibió la comunión del Santo Padre en junio de 2000, inmortalizado en la fotografía que todos conocemos. Soy testigo personal de las dudas que invadieron su noble espíritu en los días previos a ese momento. “No soy digna”, bisbiseaba casi obsesivamente con sus ojos enrojecidos y su rostro un tanto contrariado. Al final, el único argumento que pudimos esgrimir los que la rodeábamos fue el de la obediencia. Creo recordar que dijo algo como “está bien… iré por obediencia a mi Superiora”. Su fidelidad a la voluntad de Dios Padre se encarnaba en la obediencia a la jerarquía y al magisterio de la Iglesia. Recuerdo también quedar sorprendido por la rapidez y profundidad con que leía cada encíclica, exhortación, carta, discurso o intervención del Santo Padre.

D. José Miguel González Martín, pbro.

Conocí a la Madre Félix, siendo seminarista, cuando fui a una celebración de la misa. Estaba saludando a las religiosas, cuando se abrió el ascensor y apareció la Madre Félix acompañada de otras. Ellas me presentaron diciendo que era un futuro sacerdote. En cuanto lo oyó, me agarró fuertemente la mano y con su otra mano daba palmadas firmes sobre la mía a la vez que repetía una única palabra: “¡Santo, santo, santo, santo!” Lo dijo unas cuantas veces y terminó besándome la mano. Yo me quedé tan impactado  que no supe reaccionar, y ella continuó saludando a otras personas. Esa imagen se me ha quedado profundamente grabada en la memoria, puesto que me impresionó el aplomo, la convicción y el apremio de sus palabras. Daba a entender que todo lo demás era prescindible, y que lo único importante en un sacerdote de Jesucristo era la santidad de la vida. Algo que ella irradiaba con su presencia.

D. Javier Siegrist Ridruejo, pbro.

En junio del año 2000 fui invitado a impartir un mini-cursillo de eclesiología a las religiosas en periodo de formación: postulantes, novicias, junioras. Como una más, casi como un san Ignacio con sus treinta años aprendiendo latín, pero ella con algunos años más, se me presentó también la Madre sentada en un pupitre, siempre con ganas de aprender. Cuando en determinado momento hablé de la infalibilidad pontificia aludí al hecho, a veces poco conocido, de que ésta no se ejerce sólo en la proclamación solemne de un dogma de fe. También hay otras ocasiones, añadí, como las canonizaciones o aprobaciones de Constituciones de Congregaciones religiosas en que dicha prerrogativa es puesta en acto. Aquello trajo gran consuelo a la Madre Félix. No era ella, sino el juicio de la Iglesia, el que garantizaba que las Constituciones eran un camino cuya vivencia  fiel llevaba a la santidad segura. Y la Iglesia Madre había sellado con su autoridad el itinerario realizado hasta entonces.

D. Pablo Cervera Barranco, pbro.

 Después de mi ordenación sacerdotal, fui un día a celebrar la Santa Misa al Rosalar. Tenía mucho que agradecerle a Dios, y quería también darles las gracias a las Madres de la Compañía por sus oraciones y atenciones en los años de Seminario. Aquella vez fui vestido con sotana. Aunque me daba mucha vergüenza aparecer así, ¡estaba tan ilusionado! Era el día de San Estanislao de Kostka. Como en ocasiones anteriores, la Madre Félix vino a saludarnos al salón del Rosalar. Nos vio, y creo recordar que se emocionó visiblemente… Aunque llevara sotana y hubiera sido ordenado, yo era el mismo jovenzuelo de unas semanas antes (eso pensaba yo). Pero ella tomó mis manos, y las besó con un cariño y una fe que saltaban a la vista de todos. Aquello me conmovió: no recuerdo haber visto tanta fe en el sacerdocio de Jesucristo como la de la Madre Félix. Aunque me he sentido muy querido por ella (no sé explicar muy bien por qué) aquel gesto no fue sólo de afecto personal: aquello era amor a la Iglesia y a sus ministros, era reconocer con humildad a Cristo sacerdote bajo aquella pobre apariencia.

D. Manuel Vargas Cano de Santayana, pbro.

¡Cuánto amor tenía la Madre a San Ignacio! Muchas veces, explicando cosas espirituales, mencionaba a San Ignacio para aprender de él y era gracioso cómo lo entonaba: al nombrarle, de pura devoción, ponía más acento en el “San” que en el “na” de Ignacio. Tampoco sufría con paciencia que le recordasen los tiempos juveniles del santo, en que él mismo confiesa que era “un soldado desgarrado y vano”. A un capellán del colegio que se lo recordó bromeando, no quiso ni por asomo escucharle hablar de ello y, siguiéndole la broma, le amenazó con el bastón. Para ella, era sobre todo SAN Ignacio.

M. Pilar Lorente, CS

Algunas veces, al pasar por delante de la imagen de San Ignacio, lo miraba y se santiguaba; un día me dijo que le pedía la bendición cuando pasaba delante de él.

M. Paula Martínez, CS

En el mes de mayo de 1951 se trasladó el noviciado de Barcelona a Madrid. Hicimos el viaje en tren con las MM. Félix y Aige. Íbamos en segunda, y ocupábamos un departamento del tren. Nos llevábamos a Madrid unos pollitos que las Madres habían comprado para tener en nuestra casa de Madrid un pequeño gallinero. Los pollitos iban en una caja de cartón grande. La M. Félix quiso darles de comer y se puso un delantal y los pollitos encima sobre la falda. Cuando estaba en ese menester llamaron a la puerta, entró el revisor y la Madre dobló la punta del delantal sobre los pollitos, tapándolos. ¿Estaba o no permitido llevar pollitos en segunda? El caso es que el revisor miraba muy asombrado la falda de la Madre porque “se rebullía”, aunque los pollitos no decían ni pío. No dijo nada, pero, cuando se fue, la carcajada fue general, y la primera en reír fue la Madre.

M. Pilar Basallo, CS

Es verdad que era espléndida hasta la exageración. Recuerdo que uno de los carteros, siempre que llamaba a la puerta, preguntaba por “esa monjita mayor tan amable”, sabiendo que verla significaba una propina increíble. A unos albañiles que vinieron, sólo por clavar un clavo en la pared, les dio ¡veinticinco mil pesetas a cada uno! Y eso que la Madre Lora intentaba contenerla… “Lo que tú quieras, hijita, Madre. Pero nunca nos ha faltado para dar, y mal le irá a la Compañía si buscáis vuestra propia seguridad antes que las necesidades de los demás. Hemos pasado momentos difíciles y apuros económicos, pero nunca nos ha faltado para dar…”

Después de una de sus operaciones, invitó a todos los médicos y enfermeras de la Clínica Puerta de Hierro a venir a merendar a casa para agradecer sus atenciones.

M. Cristina Parejo, CS

 En los aproximadamente 15 años que disfruté como otros muchos de su amistad siempre consideré a Madre Félix como alguien que siempre me aportaba algo nuevo. Sus palabras sencillas e inteligentes nunca me dejaron indiferente. Sus consejos sabios, sus intuiciones audaces dejaban traslucir la profunda vida espiritual de esta mujer. Y cuando digo vida espiritual estoy diciendo unión con Cristo. Hacer la voluntad del Padre era su obsesión… como Cristo. Ambos vinieron al mundo a hacer la voluntad del Padre. Generosa como nadie y con una voluntad de hierro se entregaba confiadamente a la Divina Providencia en cada instante y, sin decirte expresamente nada pues era extremadamente respetuosa y delicada, te invitaba a confiar de la misma manera. Nunca le oí una crítica personal a nadie como tampoco le oí alabanzas desproporcionadas. Fue una mujer equilibrada que sabía escuchar como si solamente tuviese que escucharte a ti y hablarte con dulzura como si no tuviese otra cosa que hacer en el día. Nunca miraba el reloj… no recuerdo siquiera si tenía reloj.

D. José Miguel González Martín, pbro.

Era magnánima, en deseos y en obras, decidida y atrevida para cualquier cosa que fuera de mayor gloria de Dios (y hasta proponía cosas inimaginables, como lo de una sana discoteca para nuestros jóvenes). Era animosa para todo, pero a la vez serena. A sus palabras acompañaba unas veces una mirada grave, atenta y profunda; otras, una mirada alegre y casi traviesa que nos hacía reír. En sus consejos era sabia, prudente y amplia de espíritu; en la corrección, a la vez firme y delicada, tajante y suave, paciente, pero sin permitir un resquicio de cualquier defecto que pudiera ser menoscabo de la gloria de Dios. Con todos, con las de dentro y con los de fuera, era tremendamente acogedora, generosísima hasta escandalizar, amable, sacrificada, profundamente madre, abnegada y amante de la abnegación. Tenía un corazón gigante que amaba a todos con un cariño a rebosar, y sobre todo, un corazón humilde y un alma profundamente sencilla. No sé por qué hablo en pasado, pues todo esto lo tiene ahora, y mucho más, participando en mayor plenitud del amor de Dios y de todas sus virtudes.

M. Pilar Lorente, CS

 Conocí a la madre María Félix a mis cinco años cuando entré como alumno en el colegio Mater Salvatoris. Entre mis cinco y mis ocho años, en los que estuve en el colegio, la vi con cierta regularidad. Después tan solo cuando venía a Lleida en compañía de la hermana de mi padre, la madre Carmen Aige, a la que íbamos a visitar.Ambas eran complementarias, el “alter ego” la una de la otra, mi tía era pura energía, inteligencia práctica; recuerdo su risa franca mientras sus ojos negros penetraban en ti, te comprendían y te miraban con afecto. La madre María… era diferente, diferente a cualquier persona que haya conocido. Sentado frente a ella percibía algo de índole espiritual, difícil de definir, que comunicaba una sensación de paz que te cubría como una manta de invierno.

Mis hermanos y yo comentábamos – sigue en el recuerdo de ellos – que un día la Madre María sería elevada a los altares por la Iglesia.

D. Francisco Aige, sobrino de la M. Carmen Aige

Era la mañana del día 12 de marzo de 1965: la Madre se despertó sin poder hablar. Ante nuestra preocupación, ella intentaba darnos ánimo con su sonrisa. Se le diagnosticó una Afasia y el neurólogo dijo que posiblemente algunas neuronas habrían muerto. Tendría que crear un nuevo centro de lenguaje en su cerebro y eso era casi imposible. Esto nos desanimó, pero los médicos no sabían el temple que tenía la Madre; ella era consciente de lo que pasaba e intentaba comunicarse con nosotros como fuera. Cuando llegábamos a entenderla, lo celebraba con alegría.

La recuperación debió de ser un verdadero martirio para ella, pero nunca se dejó vencer por el pesimismo. Los médicos se quedaron sorprendidos de los resultados y  el  foniatra quedó hondamente impresionado por la personalidad de la Madre; no había tenido ningún paciente que consiguiera recuperarse así. Lo más significativo de su enfermedad fue su tesón, voluntad, trabajo y aceptación de su enfermedad, que aceptó con alegría y hasta con sentido del humor. Ella nos decía que a veces Dios nos envía regalos, que no lo parecen, pero que sí que lo son.  Las que tuvimos la suerte de estar a su lado, intentando ayudarla, sentimos su agradecimiento, ternura y cariño y la convicción de Dios estaba con ella.

M. Concepción Sagüillo,CS

A mí me impresionaba lo calladamente que sufría el bulto tan enorme que crecía en su muslo izquierdo. La Madre tenía un gran bulto de grasa en el muslo, que le operaban y le volvía a salir cada vez más abultado, pero nunca se quejaba –y le debía doler bastante–. Cuando le preguntabas por él, se lo tocaba y sonreía.

Myriam Cámara, Arquitecto

Alguna otra vez, al sacarle el tema del lipoma y las molestias que le debía de ocasionar, la Madre me contestó: “Como soy poco penitente, Dios me deja esto, para que tenga algo que ofrecer”.

M. Amelia Lora-Tamayo, Superiora General de la Compañía del Salvador

Deseo subrayar la impresión que me hizo la única vez que vi a la Madre después que tuvo la trombosis. Era en el Colegio de Aravaca. Creo que no hacía mucho tiempo que había tenido el grave percance. Pero ya hacía vida normal y hablamos bastante largo rato en el recibidor. Estaba presente la M. Aige. La M. Félix hablaba con notable dificultad. Las palabras no siempre obedecían a lo que ella quería decir. Pues bien, me impresionó la serenidad extraordinaria que reflejaba su rostro y su modo de expresarse, sin ponderar particularmente lo sucedido. Cuando no le venía una palabra, sin impacientarse lo más mínimo, con sumo dominio de sí, incluso esbozaba una sonrisa serena, reflejo de la paz profunda de su alma y expresión de que la cruz –muy pesada y de graves consecuencias para su apostolado– estaba totalmente asumida. Han pasado muchos años desde esta visita y la recuerdo como si hubiera sido ayer. Tal fue la impresión que me hizo la paz, el dominio de sí, la fortaleza cristiana, la total aceptación de la voluntad de Dios, que reflejaba toda la actitud de la Madre ante la prueba tan dura por la que estaba pasando.

Card. Urbano Navarrete Cortés, SJ

Nos exhortaba a tener mucha caridad de unas con otras, decía que teníamos que hacer de colchón ante las cosas molestas que nos dijeran los demás. Si alguien tira una pelota sobre un colchón, no rebota, ni hace ruido, sino que cae en silencio y no pasa nada… También decía que teníamos  que ser como una soga de tres ramales, muy unidas, la soga de tres ramales es muy fuerte, es muy difícil de romper. Que todos sepan, y especialmente las Nuestras, que tienen las espaldas bien cubiertas con nosotras.

M. Pilar Basallo, CS

Muchas de las veces que nos corregía por cosas pequeñas nos pedía perdón, pues le daba la impresión de estar fastidiándonos siempre. Decía algo así como: “ya está esta vieja estropeándolo todo… Pero ¡es que quiero que seáis perfectas!”

En una ocasión, hablando sobre esto, comentó que cuando alguien salía llorando de su despacho ella se quedaba llorando después en él. Ciertamente le debía de costar corregir, pero no dejaba de hacerlo si veía que lo requería la gloria de Dios.

M. Pilar Lorente, CS

 Cuando pedí la entrada en la Compañía, primero me entrevisté con M. Aige, quien me preguntó sobre mi vocación y  después bajó la M. Félix. Entre las cosas que me habló, me dijo que la vida religiosa era como la perla valiosa que aquel comerciante encontró. Que dio todo por conseguirla. Hay perlas blancas que son preciosas y las más comunes en color, pero que había otras perlas, más raras de color negro. Estas, por su escasez no eran tan comunes, pero eran de un gran valor, mucho más que las blancas. Así en los días de la vida religiosa iba a haber perlas blancas y negras.Me parece que percibió que yo no captaba muy bien el asunto y me dijo: “Te voy a poner otra comparación. El petróleo en Venezuela es el oro negro, su color y otras características no son atrayentes, pero no podemos dejarnos llevar sólo por la impresión o la repugnancia”. Volvió a recalcarme el significado de los momentos oscuros o difíciles.

A mí me pareció en aquellos instantes que esto no era muy inspirador para alguien que pedía la entrada a la vida religiosa. Sin embargo, agradezco profundamente la sinceridad y claridad de sus palabras, su honestidad y sobre todo el enseñarme a valorar y ofrecer lo que humanamente puede costar más como valioso a los ojos de Dios. Siempre me acuerdo de lo gráfico de las perlas negras y del petróleo y no puedo evitar una sonrisa mientras le doy la razón.

M. Emma Reyna, CS

 Después de la Misa de Gallo, de la Navidad del 2000, la acompañé a la salida; hacía mucho frío y se lo comenté, pero ella me contestó: no hijita, pero si me enfrío y Dios me llevara, desde el cielo podría hacer más por la Compañía. Esto se me quedó muy grabado ya que al mes siguiente fallecía y también porque lo consideré como un rasgo de humildad grande.

Dña. Elena Bigeriego, madre de una religiosa